martes, 1 de mayo de 2012

Kiseki, milagro

Director: Hirokazu Kore-eda
Actores: Koki Maeda, Oshiró Maeda, Nene Otsuka...
Japón, 2011










Los Siete entre Kagoshima y Fukuoka
Como un kakigori, polo de hielo  en japonés, o recordando las Aventuras de los Cinco, de Enyd Blyton. Hirokazu Kore-Eda nos regala un película divertida, entretenida, cuyos principales protagonistas son niños de edades comprendidas entre los ocho y doce años.

Kiseki, el milagro, es sencillo: reencontrarse dos hermanos tras el divorcio de sus padres. Koichi -Koki Maeda- de doce años vive en Kagoshima con su madre y abuelos. Su hermano de ocho también en la vida real, vive con su padre, cantante indie en Fukuoka. Y qué es indie, se pregunta Koichi. "Que tiene que esforzarse más", contesta su hermano.

En Japón hay una inmensa admiración por los trenes-bala, "shinkansen", hasta tal punto que la estaciones son casi como templos. El punto de encuentro cuando se crucen dos trenes-balas por primera vez después de una inaguración es suficiente para que los deseos se conviertan en realidad, para que se produzca el kiseki. Y éste es el objetivo de la pandilla, cada uno con deseos distintos.

Me encanta observar la vida diaria  de  la sociedad japonesa, esta vez en una ciudad pequeña, como Kagoshima. Sus minúsculos apartamentos, sus costumbres, cómo tienden la ropa, cómo preparan la comida, cómo fuman sus mayores, los tatamis, los dulces de arroz ... Y todo ello en espacios muy reducidos donde la vida es carísima; así nos lo hacen ver en un supermercado, donde la cuenta de yenes sube como un cohete.

La importancia de las opiniones y el respeto a las  personas mayores. La toma de decisión de los pequeños sin invalidarles sus decisiones por su corta edad es confianza en ellos, sin sobreprotección.

La importancia del grupo. Ahora entiendo cuando los observo por la Gran Vía porque van todos iguales y apiñados. Las escuelas, el nivel de exigencia tan alto, la responsabilidad de los nanos  con sus pequeñas cosas; es impresionante ver a un niño con tan sólo doce años, cómo limpia su habitación, lava su ropa después de sus clases de natación, cómo van y regresan sólos desde  a la escuela cuando las  distancias son considerables...

A través del vestuario de la pandilla la película nos inunda de colores, travesuras e inocencia. La tecnología japonesa también tiene  hueco y se aprecia a través de móviles de colores, amarillos, rosas, iluminándose, pero ésto no les impide que sigan disfrutando de jugar al aire libre y hacer realidad sus sueños.

Y un volcán que nunca duerme observa desde los alto la ciudad de Kagoshima, donde sus habitantes se han acostumbrado a vivir entre sus cenizas y rugidos.
marta